El cuento que les comparto el día de hoy viene de la voz de uno de los grandes, maestro entre los maestros (y no lo digo por su maestría como cineasta sino porque se las garchaba a todas, viejo zorro) el señor Orson Welles.

Welles lee el cuento Ante la Ley como prefacio para su adaptación de El Proceso (1962), ambas obras de Kafka, y en el resto de la película no deja de ser notorio su constante alusión al holocausto nazi como una forma de referirnos que, aunque nunca vio el ascenso de Hitler, Kafka soñó con el genocidio, aunque nunca leyó Eichmann en Jerusalen de Hanna Arendt, profetizó la banalidad del mal, y del bien en todo caso. La película de Welles es una forma de transmitir el horror de los excesos del poder de una forma más aceptable, menos grotesca de lo que sucedió en realidad: como una pesadilla.

Parece que Keaton hiciera todo el espectáculo

El cuento, entonces, es una concatenación de paradojas que puede dar paso a un sin fin de interpretaciones. La legión de ensayos hermenéuticos que han intentado resolver su enigma forman un auténtico sugénero en la literatura secundaria kafkiana. Yo por mi parte les recomiendo la película, magistral dentro de la filmografía de Welles y la reseña que leí en Puerta de Babel.

Disfruten la voz de Welles, buenas noches.

Ante la Ley

Ante la ley hay un guardián. Un hombre procedente del campo se acerca a él y le pide permiso para acceder a la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

Como la puerta de acceso a la Ley permanece abierta, como siempre, y el guardián se sitúa a un lado, el hombre se inclina para mirar a través del umbra y ver así qué hay en el interior. Cuando el guardián advierte su propósito, ríe y dice:

-Si tanto te incita, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Ten en cuenta, sin embargo, que soy poderoso, y que además soy el guardián más ínfimo. Ante cada una de las salas permanece un guardián, el uno más poderoso que el otro. La mirada del tercero es ya para mí insoportable.

El hombre procedente del campo no había contado con tantas dificultades. La Ley, piensa, debe ser accesible a todos y en todo momento, pero al considerar ahora con más exactitud al guardián, cubierto con su abrigo de piel, al observar su enorme y prolongada nariz, la barba negra, fina, larga, tártara, decide que es mejor esperar hasta que reciba el permiso para entrar. El guardián le da un taburete y deja que tome asiento en uno de los lados de la puerta. Allí permanece sentado días y años. Hace muchos intentos para que le inviten a entrar y cansa al guardián con sus súplicas. El guardián le somete a menudo a cortos interrogatorios, le pregunta acerca de su hogar y de otras cosas, pero son preguntas indiferentes, como las que hacen grandes señores, y al final siempre repetía que todavía no podía permitirle la entrada. El hombre, que se había provisto muy bien para el viaje, utiliza todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Éste lo acepta todo, pero al mismo tiempo dice:

-Solo lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante los muchos años que estuvo allí, el hombre observó al guardián de forma casi ininterrumpida. Olvidó a los otros guardianes y este le terminó pareciendo el único impedimento para tener acceso a la Ley. Los primeros años maldijo la desgraciada casualidad, más tarde, ya envejecido, solo murmuraba para sí. Se vuelve senil, y como ha sometido durante tanto tiempo al guardián a un largo estudio ya es capaz de reconocer las pulgas de su cuello de piel, por lo que solicita a estas que le ayuden a convencer al guardián. Por último su vista se torna débil y ya no sabe realmente si oscurece a su alrededor o son solo sus ojos que le engañan. Pero ahora advierte en la oscuridad un brillo que irrumpe indeleble a través de la puerta de la Ley. Ya no vivirá mucho más. Antes de su muerte se concentran en su cabeza todas las experiencias pasadas, que toman forma en una sola pregunta que hasta ahora no había hecho al guardián. Entonces le guiña un ojo, ya que no puede incorporar su cuerpo entumecido. El guardián tiene que inclinarse hacia él profundamente porque la diferencia de tamaños ha variado en perjuicio del hombre.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Ningún otro podía haber recibido permiso para entrar por esta puerta, pues esta entrada estaba reservada solo para ti. Yo me voy ahora y cierro la puerta.